¿Qué es esto de la pandemia?
Antes que nada, especifico que empiezo a escribir esto en los primeros días de abril del 2020. Con toda la incertidumbre del avance y las preexistencias de lo ya ocurrido con este famoso suceso a nivel planetario.
¿Afortunados? de ser contemporáneos de las épocas de un evento histórico que persistirá en los libros de historia en alguna medida (como si fuera esto un orgullo estúpido), o padecientes más que de la pandemia, de todos los efectos causales que proliferan.
Nos ha cambiado tanto la cuarentena?
Lo que ha hecho mayormente es permitir que aflore la verdadera esencia en las personas, como en cualquier crisis. Quedan a la vista más que en otros momentos de calma (adormecimiento/enajenamiento) los reales colores de la esencia del ser, que por lo general se encuentran amenguados por el barniz de la hipocresía cotidiana.
Ya sucedieron casos de violencia contra médicos, amenazas y el impedimento de ingresar a sus viviendas en edificios (de zonas de poder adquisitivo alto). Se ha logrado la aceptación de los ciudadanos para ser vigilantes (ilegales) y dar aviso a las fuerzas de seguridad de la actividad de los otros vecinos. Ya se propinan algunos insultos entre balcones con el pasar de los días.
Todo se une para constituir un caldo de cultivo para generar desazón, temor y un extrañamiento mayor aún de la vincularidad real y de lo real.
Las redes sociales en su máximo esplendor de consumo, donde el nivel de banalidad de las cosas compartidas exceden cualquier límite sospechado. Un Gran Hermano total, donde se puede saber no solo (como antes) qué cenó alguien en una ocasión especial o qué café de Starbucks se tomó, sino que ahora sabemos cuántos gatos, qué pijama, cómo cocina, cómo hace ejercicio, qué lee y cuán ordenada está la casa de cada uno de los “amigos” que tenemos.
Esta cantidad de tráfico inusual potencia y desarrolla económicamente como nunca antes, donde el valor de las publicidades online se han disparado y hacen crecer a las redes sociales como nunca antes.
Pero quizás una de las cosas más llamativas que colaboran con la desazón, es percibir cómo el sistema productivo capitalista se encuentra en nuestra vida, incluso estando encerrados sin poder cruzar el umbral de nuestra puerta: nos sentimos “poco productivos”.
Se interpela a una supuesta carencia de disciplina, a la falta de productividad o ataca a la incapacidad de no aprovechar el tiempo. La contemplación no se soporta. El ejercicio de introspección que exige el estar en la nada, soportar el paso de la vida y hacerse cargo de la finitud de nuestra existencia, de lo efímeros que somos aparentemente no son una opción.
Antiguos filósofos griegos mencionaban que hay dos actitudes posibles ante la vida: la operación y la contemplación. Decían que ambas cuestiones son necesarias, se debe accionar, pero también para conocer la verdad, se debe dejar de operar y contemplar. Contemplar como un ejercicio intelectual profundo, que no exige pasividad, pero si dejar de operar. De lo contrario, no es posible conocer/se. Es decir, que está situación es una excelente oportunidad (que no volveremos a tener a nivel global por mucho tiempo de está forma) para observarnos, observar, recapitular, evaluar y establecer las formas y maneras futuras en las que operamos y operaremos.
Queda también sobre la mesa una profunda discusión sobre las fronteras.
Hasta donde repercuten las acciones de los gobiernos, del sistema impuesto, de los dispositivos en los que estamos inmersos. Cuánto nos influyen, y aún más todavía: como salimos de ellos. Es posible?
¿Afortunados? de ser contemporáneos de las épocas de un evento histórico que persistirá en los libros de historia en alguna medida (como si fuera esto un orgullo estúpido), o padecientes más que de la pandemia, de todos los efectos causales que proliferan.
Nos ha cambiado tanto la cuarentena?
Lo que ha hecho mayormente es permitir que aflore la verdadera esencia en las personas, como en cualquier crisis. Quedan a la vista más que en otros momentos de calma (adormecimiento/enajenamiento) los reales colores de la esencia del ser, que por lo general se encuentran amenguados por el barniz de la hipocresía cotidiana.
Ya sucedieron casos de violencia contra médicos, amenazas y el impedimento de ingresar a sus viviendas en edificios (de zonas de poder adquisitivo alto). Se ha logrado la aceptación de los ciudadanos para ser vigilantes (ilegales) y dar aviso a las fuerzas de seguridad de la actividad de los otros vecinos. Ya se propinan algunos insultos entre balcones con el pasar de los días.
Todo se une para constituir un caldo de cultivo para generar desazón, temor y un extrañamiento mayor aún de la vincularidad real y de lo real.
Las redes sociales en su máximo esplendor de consumo, donde el nivel de banalidad de las cosas compartidas exceden cualquier límite sospechado. Un Gran Hermano total, donde se puede saber no solo (como antes) qué cenó alguien en una ocasión especial o qué café de Starbucks se tomó, sino que ahora sabemos cuántos gatos, qué pijama, cómo cocina, cómo hace ejercicio, qué lee y cuán ordenada está la casa de cada uno de los “amigos” que tenemos.
Esta cantidad de tráfico inusual potencia y desarrolla económicamente como nunca antes, donde el valor de las publicidades online se han disparado y hacen crecer a las redes sociales como nunca antes.
Pero quizás una de las cosas más llamativas que colaboran con la desazón, es percibir cómo el sistema productivo capitalista se encuentra en nuestra vida, incluso estando encerrados sin poder cruzar el umbral de nuestra puerta: nos sentimos “poco productivos”.
Se interpela a una supuesta carencia de disciplina, a la falta de productividad o ataca a la incapacidad de no aprovechar el tiempo. La contemplación no se soporta. El ejercicio de introspección que exige el estar en la nada, soportar el paso de la vida y hacerse cargo de la finitud de nuestra existencia, de lo efímeros que somos aparentemente no son una opción.
Antiguos filósofos griegos mencionaban que hay dos actitudes posibles ante la vida: la operación y la contemplación. Decían que ambas cuestiones son necesarias, se debe accionar, pero también para conocer la verdad, se debe dejar de operar y contemplar. Contemplar como un ejercicio intelectual profundo, que no exige pasividad, pero si dejar de operar. De lo contrario, no es posible conocer/se. Es decir, que está situación es una excelente oportunidad (que no volveremos a tener a nivel global por mucho tiempo de está forma) para observarnos, observar, recapitular, evaluar y establecer las formas y maneras futuras en las que operamos y operaremos.
Queda también sobre la mesa una profunda discusión sobre las fronteras.
Hasta donde repercuten las acciones de los gobiernos, del sistema impuesto, de los dispositivos en los que estamos inmersos. Cuánto nos influyen, y aún más todavía: como salimos de ellos. Es posible?
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